Este café destaca por su equilibrio entre dulzor, cuerpo y limpieza, además de la historia personal que hay detrás de su producción. Procede de la región de Dipilto-Jalapa, en Nicaragua, una zona reconocida por su potencial para cafés de alta calidad gracias a sus altitudes medias, su clima estable y sus suelos ricos.
El proyecto de Marilec es un reflejo de esfuerzo y evolución dentro del mundo del café. Desde sus inicios vinculada al café en tareas de clasificación, hasta convertirse en productora, su trayectoria está marcada por el aprendizaje constante y la pasión por mejorar la calidad en cada cosecha.
El lote combina variedades como Caturra, Catuaí y Catimor, lo que aporta tanto estructura como estabilidad en taza. El proceso lavado, cuidadosamente ejecutado, garantiza una taza limpia y definida. La fermentación controlada durante 26 a 30 horas permite desarrollar un perfil equilibrado, donde el dulzor natural se potencia sin perder claridad.
En taza, se percibe una base achocolatada que aporta profundidad, acompañada de notas a praliné y frutos secos que refuerzan la sensación dulce. El toque de arándano introduce un matiz frutal suave que equilibra el conjunto. Su cuerpo cremoso y su acidez media-baja lo convierten en un café redondo, fácil de disfrutar pero con suficiente complejidad para no resultar plano.
El secado lento al sol, durante casi dos semanas, ayuda a estabilizar el grano y a fijar sus características, dando como resultado una taza limpia, uniforme y consistente.